
Dr. Francisco Javier Robles Ojeda
Ayudante de prefesor de asignatura “B” y docente en la División de Educación Continua de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala, UNAM. Docente a nivel posgrado en la Universidad del Valle de México y la Universidad de Londres.
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Cita recomendada:
Robles, F. (2026). ¿Han muerto los monstruos del machismo y la violencia o solo han cambiado de máscara? Revista de Divulgación Crisis y Retos en la Familia y Pareja, 8(1), 17-22. https://doi.org/10.22402/j.rdcrfp.unam.8.1.2026.640.17-22
Resumen
Suele creerse que el machismo es un fenómeno del pasado, asociado a generaciones anteriores y a formas evidentes de violencia. Sin embargo, este persiste y se adapta al presente mediante expresiones más sutiles y normalizadas. Este artículo analiza cómo nuevas formas de machismo -como los micromachismos en la vida cotidiana y la violencia de género en entornos digitales— perpetúan desigualdades en las relaciones entre hombres y mujeres, muchas veces disfrazadas de actitudes modernas o aparentemente inofensivas. Se abordan también las creencias que contribuyen a su invisibilización, así como las respuestas sociales emergentes que buscan cuestionarlas y transformarlas. Al final de este texto, se propone una reflexión crítica sobre las continuidades y mutaciones del machismo en el siglo XXI y se destacan iniciativas de resistencia, como colectivos de hombres en revisión crítica y formas de ciberactivismo antipatriarcal, que apuntan hacia relaciones más equitativas y conscientes.Palabras clave: machismo, perspectiva de género, violencia de género
INTRODUCCIÓN
Durante décadas, el término “machismo” ha estado asociado a figuras autoritarias y conductas abiertamente violentas que, poco a poco, creímos haber dejado atrás. Pensar en un hombre machista evocaba al padre severo o al esposo que no dejaba hablar a su mujer. Sin embargo, en el mundo contemporáneo, muchas de estas formas han mutado: se han vuelto más sutiles, más adaptadas al lenguaje de lo políticamente correcto e incluso, en algunos casos, se disfrazan de buenas intenciones. ¿Significa esto que el machismo está desapareciendo o, por el contrario, que está aprendiendo a camuflarse ya sea a través de nuevas formas que pasan desapercibidas o nuevos medios por los que se transmite? A continuación, se reflexionará de manera breve acerca de algunas de estas transformaciones del machismo en el siglo XXI.
MACHISMO – ANTES Y AHORA
En pleno siglo XXI, se piensa que el machismo y la violencia en las relaciones de pareja han quedado en el pasado, relegadas a una época tan distante como las películas clásicas de mediados del siglo XX. En esas narrativas, era común que las mujeres fueran representadas como sumisas y abnegadas, y que soportaran malos tratos en nombre del amor, tanto en el noviazgo como en el matrimonio. Sin embargo, ese machismo “aparentemente superado” continúa presente, adoptando nuevas formas que, aunque menos
visibles, siguen afectando profundamente las relaciones actuales.
En este sentido, Magallanes y Bard (2017) proponen que, así como los movimientos feministas han evolucionado en distintas olas, los movimientos reaccionarios -es decir, las respuestas sociales que buscan resistirse al avance del feminismo- también han mutado. Desde esta perspectiva, podríamos hablar de una primera, segunda y tercera ola de machismo, cada una adaptándose a los cambios culturales y sociales, pero manteniendo el núcleo de la desigualdad y el control sobre las mujeres.
Creer que el machismo ha sido superado es, paradójicamente, uno de los mayores factores que permite su persistencia. Esta falsa sensación de progreso reduce la atención a conductas machistas, lo que facilita que nuevas formas -más sutiles, pero igualmente dañinas— pasen inadvertidas y se normalicen, reproduciendo así patrones de violencia similares a los del machismo tradicional. En ese sentido, De la Torre (2017) refiere que muchas adolescentes comparten la creencia de que las conductas machistas pertenecen a generaciones anteriores, lo que las vuelve más vulnerables a reproducir o tolerar estas prácticas sin reconocerlas como tales. Una encuesta informal realizada a hombres en la Ciudad de México (ActitudFem, 2015), indagó sobre sus percepciones acerca del machismo. En sus respuestas se refleja una creencia recurrente: “Es un estereotipo muy marcado, no
creo que sea real, inclusive, actualmente el macho mexicano es muy diferente; nada más es como ‘nos lo pintaron’ hace mucho tiempo” (ActitudFem, 2015, 02:11). Esta percepción puede impedir una reflexión crítica sobre aquellas conductas que, aunque no sean explícitas o violentas, reproducen desigualdades de género bajo el disfraz de modernidad.

Por otra parte, Sandoval et al., (2016) destacan un fenómeno llamativo: muchos varones mexicanos no se identifican como machistas ni justificarían actos de violencia directa —por ejemplo, golpear a una mujer por querer estudiar— pero al mismo tiempo reproducen discursos que perpetúan estereotipos de género. Entre estos, se encuentra la idea de que “a las mujeres hay que cuidarlas” o que “es correcto ayudarles en sus labores domésticas”, expresiones que, aunque parecen benevolentes, refuerzan una visión paternalista que sigue ubicando a las mujeres en un lugar de subordinación.
NUEVAS FORMAS DE MACHISMO
MICROMACHISMOS
El término micromachismo fue acuñado a finales del siglo XX por el psicólogo Luis Bonino para referirse a un amplio espectro de conductas sutiles, cotidianas y a menudo normalizadas, que perpetúan el poder masculino en las relaciones. Estas prácticas, aunque no siempre son evidentes, generan
malestar, desigualdad y control en la vida de las mujeres. Entre ellas se encuentran: evitar participar en tareas domésticas, fingir cercanía emocional sin un compromiso real, descalificar las opiniones de las mujeres, minimizar sus emociones, o justificarse constantemente para no asumir responsabilidades compartidas.
Bonino (2005) señala que estas microviolencias -término que también utiliza- se diferencian de la violencia física en su forma, pero no en su fondo. Ambas responden a una lógica de poder y control, y aunque los micromachismos no dejan marcas visibles, erosionan el bienestar emocional y psicológico de quienes los viven. Un ejemplo cotidiano es el otorgar más tiempo de palabra a los varones en espacios públicos o familiares, o asumir de manera automática que la mujer será quien cuide a los hijos o gestione los asuntos del hogar.

La gravedad de los micromachismos radica en su sutileza: al estar integrados en las dinámicas cotidianas, muchas veces ni siquiera quienes los ejercen son conscientes de su carga sexista. Esto los hace más difíciles de detectar y de confrontar, tanto en el ámbito íntimo como en el social. Además, al no ser percibidos como formas “reales” de violencia, son desestimados o justificados bajo la idea de que “no es para tanto”.
VIOLENCIA DE GÉNERO 2.0
Con el surgimiento del internet y el auge de las redes sociales en el siglo XXI, la violencia
machista también ha encontrado nuevos canales de expresión. En estos espacios virtuales, donde es posible interactuar con miles de personas, difundir mensajes masivamente y, en muchos casos, mantener el anonimato, se han multiplicado las manifestaciones de violencia de género. Este fenómeno ha sido denominado por algunos autores como violencia de género 2.0 (Tarriño y García-Carretero, 2015). Entre los factores que facilitan esta forma de violencia se encuentran: la rapidez con la que se difunden los mensajes, el acceso generalizado a plataformas digitales, la permanencia de los contenidos en la red, y la posibilidad de esconder la identidad real de quien agrede. Estas condiciones han permitido que agresiones que antes estaban limitadas al entorno cercano —como el control, el acoso o la difamación— ahora tengan un alcance mucho mayor, amplificando su impacto emocional y social.

De acuerdo con Tarriño y García-Carretero (2015), las principales manifestaciones de esta violencia son: a) distribución de material íntimo-sexual sin consentimiento (conocido como sexting no consensuado); b) intimidación persistente en redes sociales (stalking): seguimiento constante de la actividad en redes sociales con comentarios ofensivos, invasivos o amenazantes; y c) ciberacoso: acoso digital persistente que puede incluir burlas, amenazas, suplantación de identidad o difusión de información falsa.
A estas formas se suma una práctica cada vez más común: la manipulación emocional a través de mensajes constantes, el monitoreo de la ubicación mediante aplicaciones móviles o la exigencia de contraseñas bajo la idea de “confianza”. Estas conductas, aunque se camuflan bajo discursos de afecto o preocupación, reproducen dinámicas de control típicas del machismo más tradicional.
CIBERACTIVISMO MASCULINISTA
Frente al avance del feminismo y de los movimientos antipatriarcales, también han emergido expresiones de resistencia activa en el entorno digital. Una de ellas es el llamado ciberactivismo masculinista, compuesto por grupos que defienden la superioridad de lo masculino y se oponen abiertamente a las luchas por la equidad de género. Estos colectivos, generalmente integrados por varones heteronormativos, utilizan plataformas digitales para difundir discursos antifeministas, ridiculizar las demandas por la igualdad y promover ideas que refuercen los privilegios masculinos.
Entre estos grupos se encuentran “Varones Unidos” en Latinoamérica, “Machos Alfa” en España, los “Incels” en Estados Unidos, los “Foros de Varones Despiertos” o grupos de “Mejoramiento Masculino” en México, quienes construyen su identidad en oposición al feminismo, al que acusan de “exagerado”, “dictatorial” o “injusto con los hombres”. Un ejemplo representativo del tipo de discurso que difunden puede encontrarse en este fragmento, extraído de un post de uno de estos grupos:
La paranoia feminista está llegando a niveles aberrantes… Ser pro igualdad es siempre ser antifeminista. Ese feminismo en búsqueda de privilegios y presupuestos públicos, que busca razones para mantener sus ‘teorías’ vivas, alimentando el conflicto entre el hombre y la mujer como individuos
libres… (Porta, 2018, 11 de enero, sección “Neomachistas somos todos”).
Este tipo de mensajes, aunque muchas veces se presentan como opinión personal o humor, reproducen y refuerzan discursos que deslegitiman la lucha feminista, dificultan el diálogo y perpetúan formas más sofisticadas de violencia simbólica.

REFLEXIÓN FINAL
Bonino (2005) propone una serie de estrategias para confrontar los micromachismos y sus efectos: reconocer su existencia en la vida diaria, identificar las creencias de género que los justifican o invisibilizan, y promover prácticas equitativas que transformen las relaciones interpersonales. También subraya la importancia de una reflexión constante por parte de los hombres sobre los privilegios que
les otorga su posición social por el solo hecho de ser varones.
En esta misma línea, Bard (2016) señala que es necesario traducir el pensamiento en acción concreta, cotidiana, que evite reproducir micromachismos o cualquier otra forma de violencia de género. En este sentido, resulta esperanzador que estén surgiendo diversos colectivos de hombres que cuestionan sus propias creencias y prácticas -como “Hombres Tejedores” en Latinoamérica-, abriendo caminos hacia una masculinidad más consciente y corresponsable.
Aunado a ello, así como el machismo ha encontrado nuevas formas de manifestarse en el siglo XXI, también han emergido nuevas estrategias para combatirlo. Grupos de ciberactivistas antipatriarcales -como “Las Brujas del Mar” en México-, iniciativas educativas, redes de apoyo y proyectos artísticos con perspectiva de género conforman una contracultura que, desde distintos frentes, busca desmontar los discursos de poder naturalizado.
Estas acciones son vitales no solo para visibilizar las violencias sutiles, sino para imaginar y construir formas de convivencia más justas, libres y cuidadosas. Enfrentar el machismo del siglo XXI requiere no solo identificar sus nuevas máscaras, sino también construir activamente formas distintas de relacionarnos. Si el machismo se reinventa, la equidad también debería hacerlo; es necesario detectar sus formas contemporáneas, incluso cuando se disfrazan de humor, modernidad o libertad de expresión. La pregunta clave ya no es si el machismo existe, sino: ¿cómo se transforma hoy y cómo lo estamos -o no- desafiando?
Al visibilizar estas nuevas expresiones del machismo, se busca generar una conciencia colectiva que favorezca la reflexión crítica, la transformación social y reconocer que la equidad de género es un proyecto compartido que requiere atención constante, participación activa y compromiso cotidiano desde diversos espacios, tanto presenciales como digitales.
REFERENCIAS
ActitudFem, (2015, 18 de marzo). ¿Qué es una actitud machista? [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=CV1m2zTZ3nk
Bard, G. (2016). Aferrarse o soltar privilegios de género: sobre masculinidades hegemónicas y disidentes. Península, 11(2), 101-122.
Bonino, L. B. (2005). Las microviolencias y sus efectos: claves para su detección. https://www.joaquimmontaner.net/Saco/dipity_mens/lasmicroviolenciasysusefectos.pdf
De la Torre, N. (2017, 17 de abril). Las adolescentes no se reconocen como víctimas de violencia de género. https://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2017/04/17/58f44b19268e3e1b4b8b45d4.html
Magallanes, M. & Bard, G. (2017). #Piquetetazo: la lucha ciberfeminista y la agenda mediática. Periódico do Núcleo de Estudos e Pesquisas sobre Gênero e Direito, 6(3), 196-221. http://periodicos.ufpb.br/ojs2/index.php/ged/index
Porta, G. (2018, 11 de enero). “Neo-machistas” somos todos. http://varonesunidos.com/masculinidad/neomachistas-somos-to2/
Sandoval, F. R., Reyes, L. A. y Santiago, C. (2018). El micromachismo presente en la región centro de México. http://ru.iiec.unam.mx/4425/1/1-202-Sandoval-Reyes-Santiago.pdf
Tarriño, L., & García-Carintero, M. Á. (2015). Adolescentes y violencia de género en las redes sociales. En Aportaciones a la investigación sobre mujeres y género (pp. 426-439). V Congreso Universitario Internacional» Investigación y Género.
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